El fusilado del gabán



Darío Rivas nació en Lugo, Galicia, en 1920. A los nueve años viajó solo a Buenos Aires. A los 16, por una carta, supo que su padre había sido fusilado clandestinamente. Desde ese día buscó sus huesos. Fue el primer querellante español en la causa que investiga en Argentina los crímenes de lesa humanidad, genocidio y desaparición forzada cometidos durante la guerra civil y la dictadura franquista. A los 85 años logró que su padre fuera el primer fusilado exhumado en Galicia. Hoy, 15 de abril de 2020, se cumple un año de la muerte de Darío. Ésta es una crónica que escribí sobre el día que dio con los huesos de Severino, su padre.




La volkswagen gris de Darío indica el camino. Lo sigue Javier, el arqueólogo; tiene cincuenta y cuatro exhumaciones encima y en la fosa la pasa de puta pena, dice que no termina de acostumbrarse.
Hace media hora salieron de Portomarín. Tomaron por una carretera provincial que forma parte del Camino de Santiago. Los peregrinos de la Edad Media lo recorrían a pie. Los de ahora también. El destino es la catedral de Compostela, viajan tras las reliquias de un apóstol. Darío los ve al costado de la ruta, los reconoce por la rama seca que usan de bastón, por la botella de agua mineral en la mochila, por la kodak atada al cuello. Es la Galicia profunda, piadosa, turística. 

En un cruce de carreteras la camioneta dobla hacia el oeste y frena en un camino comarcal. En la banquina hay un cartel: Concello de Portomarín. Eirexe. Darío busca la Iglesia de Santa María de Cortapezas. La flecha indica el rumbo. Es un camino mejorado de una sola vía que llega hasta la aldea. Por la ventanilla se ven parcelas sembradas, son pequeñas y parece maíz. El resto es bosque: roble, pino rojo, abeto. En los tramos boscosos que cubren el camino la luz se filtra entre las ramas como tiras de lluvia. La aldea de Cortapezas tiene ochenta habitantes y en el camino no se ve a ninguno.

Lessi maneja; al lado, María: son los sobrinos que ayudan en la búsqueda. Darío en el asiento de atrás mira en silencio la tierra donde nació. En parte la está descubriendo porque de acá se fue a los nueve años. Es el gallego en Buenos Aires y el argentino en Galicia. Él es eso, un inmigrante. 

Cuando el padre lo despidió en el puerto de Vigo, en 1929, Alfonso XIII era el rey. España tenía veinticinco millones de habitantes, la mitad analfabetos. Ocho millones eran pobres. Veinte mil personas poseían la mitad del territorio. Dos millones de campesinos no tenían tierras. Una peseta, medio salario del día, alcanzaba para comprar un kilo de pan. 

Hoy, 19 de agosto de 2005, Darío tiene ochenta y cinco años. A los dieciséis, leyó en una carta que su padre había sido fusilado; desde entonces busca sus huesos.

Es ahí —dice Lessi. 


*** 


Mi padre tenía una finca con vacas, caballos, ovejas y cabras. Era labrador pero también compraba madera y hacía durmientes para el ferrocarril. 

Darío habla bajo, con voz aguda y un poco ronca. Voló trece horas desde Buenos Aires y cruzó España por carreteras y ahí anda, fresco, implacable. Un diario ha escrito: Parece inmortal.

Los recuerdos de mi infancia son buenos hasta que murió mi madre. Tenía nueve años y una hermana que vivía en Argentina propuso enviarme a estudiar. Me acuerdo bien que mi padre subió conmigo a la planchada del barco y me preguntó por última vez: “¿Vienes a la aldea o te vas para la Argentina?”.

—¿Pensó mucho la respuesta?

…qué mierda voy a ir a la aldea..., ni lo pensé. Me dicen si quiero ir a la Luna y yo voy a la Luna. Pero claro, con los años uno lo ve de otra manera. Nunca más sería inmigrante, eso es para quien no tiene arraigos, pero no para una persona con cariño y afecto. ¿Qué gané yo? Perdí todo. Murió mi madre a los seis años, lo matan a mi padre a los dieciséis, se me muere mi mujer hace cinco y yo no tengo hijos, estoy solo... Lo que a mí me queda es cumplir con el viejo, tengo que encontrarlo para que pueda descansar en paz junto a mi madre.


***




Darío se sobresalta. Mira por el parabrisas y ve un campanario. Hay autos estacionados junto al camino y mucha gente, ancianos con bastón y chicos que saltan cercos, periodistas locales y curiosos. Llega la camioneta y lo reconocen. Se acercan, lo miran, sonríen. A todos les dedica un momento, una palabra. Lo ven caminar decidido hacia el baúl de la camioneta. Es un hombre que llegó de lejos y que vino para hacer en estas comarcas lo que pocos se atrevieron. Es el único vestido impecable para una ceremonia de la que sólo él conoce el significado completo. Traje azul, camisa blanca, corbata gris, pañuelo azul de seda. Del baúl saca una pala.

Javier lo acompaña, es el reverso de la ceremonia: camisa rosa desabrochada, remera crema con la imagen de un caballo rupestre, pantalón cargo, zapatillas, pulseras y colgantes, barba y despeinado, vasco por donde se lo mire.

Se paran delante de la capilla de Cortapezas. Ven una construcción románica; por acá los romanos anduvieron un siglo antes de que Cristo multiplicara los panes. En los archivos locales la datan en el siglo VII. Piedra antigua en las paredes, techo de pizarra restaurado. 

La puerta es de madera y está cerrada, la campana en silencio. Hoy no habrá misa, el párroco está ausente. Los recibe la cruz clavada en la piedra del pórtico. Es una iglesia a la buena de dios. Así quedó Severino, el padre fusilado de Darío. Un testigo asegura que en 1936 fue enterrado en una fosa clandestina ahí adentro, en el predio de la iglesia. 

Javier tiene que hallar los huesos, si no todo habrá sido en vano.


*** 


En 1931 asumió el gobierno de España una República democrática, la Segunda, y para dejar atrás la monarquía y el régimen medieval el Congreso dictó una nueva Constitución. Dispuso la plena igualdad de hombres y mujeres, incluidos el derecho al voto y la abolición de cualquier tipo de privilegio; garantizó los derechos civiles y políticos; reconoció el divorcio; la posibilidad de socialización de la propiedad; y proclamó que el Estado español no tendría religión oficial, sería un Estado laico. 

Ese mismo año Severino fue electo presidente de la Agrupación Socialista Agraria de Castro do Rei. Cinco años después se convirtió en el primer alcalde socialista. 

Mi padre no era como estos caudillitos españoles de ahora que se la pasan hablando y no hacen nada por la gente humilde. Mi padre practicaba el socialismo del corazón. Yo sé que él cedía tierras y semillas a quien no tenía donde sembrar. Hizo gestiones para conseguir terrenos gratis en el monte y como alcalde cedió parte de la casa para que funcione la escuela. En el pueblo cuando yo era chico no había escuela, por eso me preguntó si quería ir a la Argentina. La primera vez que entré a un colegio fue en Buenos Aires, a los nueve años. 

De Severino no hay fotografías. Quedan los recuerdos de Darío y los legajos del Estado falangista. En 1936 un alzamiento militar con apoyo de Hitler y Mussolini terminó con la República, dio comienzo a la Guerra Civil y al exterminio clandestino de republicanos. Nazis y fascistas usaron España como sala de ensayo. En el Expediente Procesal labrado en la Prisión de Lugo donde Severino estuvo dos meses ilegalmente detenido, el burócrata lo describió como un hombre de metro sesenta de altura, cara oval, nariz recta, boca regular, barba afeitada y cabello canoso. Estableció que era natural de Loentia e hijo natural de Francisca, de profesión labrador, instruido y viudo. 

Mi padre era buena persona y por eso lo mataron. 

Severino no tenía antecedentes penales, así consta en el Expediente, pero la Guardia Civil sabía bien quién era él: 

En una oportunidad llegó el recaudador a la Feria de Castro y aumentó el impuesto. Como los campesinos no podían pagar fueron a verlo a mi padre y pidieron su intervención. Mi padre se lo fue a ver al recaudador. “No tienen con qué pagar, ¿cómo les vas a aumentar los impuestos?”. Pero el recaudador que tenía categoría de mandón se puso chulo y llamó a la Guardia Civil. Llegaron a caballo de a dos, como era la costumbre, y atropellaron a mi padre. Y bueno, él no se quedó atrás. Bajó a uno y entonces lo procesaron por rebelarse a la autoridad. 

En Castro do Rei recuerdan a Severino. La calle de la Feria lleva su nombre. 




*** 


Está aquí —dice Manuel Salgueiro, el testigo. Es un hombre menudo y de pocas palabras que mezcla gallego con castellano. Tiene ochenta y un años y a los doce pasó una noche velando los cuerpos de dos fusilados. Habían aparecido en la cuneta de un camino de carros y en la aldea eran dos desconocidos. Uno llevaba puesto un gabán. 

¿Pegado a la pared? —pregunta Javier, el arqueólogo. 

La mano de Manuel señala un punto preciso. 

¿En el medio...? 

Sí. 

Darío mira la tierra. Javier da una palada, se escucha el crujir. 

La fosa será de cuatro por cuatro. De un lado la pared posterior de la capilla; del otro una hilera de nichos. En las aldeas de Galicia la iglesia es el cementerio y los nichos tienen dueño. Todos iguales: dos hileras, tres pisos, grises con el borde negro. Una cajonera a lo largo del terreno. Arriba la cruz como estandarte, debajo la leyenda, Propiedad..., y después los nombres de la Casa a la que pertenece: Rivadeira, Miño, Seoane. 

Lessi y dos voluntarias bajan a la fosa. 

No profundices más —dice Javier—, vamos a seguir abriendo con el pico, ¿vale? 

Cavan unos cuarenta centímetros. Con la mano juntan tierra y la vuelcan en baldes examinándola. Javier revisa una vez más, frota los terrones, busca indicios. 

¿Sabes si lo enterraron en caja? 

—responde Lessi, pero después duda—. Bueno, creo que en caja de madera. 

De la caja no vamos a hallar nada. En esta tierra húmeda esa madera se pudrió, la humedad descompone todo. 

Pero notas como algo ahí, ¿o no? 

A la tierra la notas diferente. Tiene una coloración como de madera, pero sólo encuentras los clavos y las asas del ataúd. 

¿Oscurece la tierra? 

Esta tierra ya es muy oscura, aquí no vamos a distinguir la coloración hasta que el sol pegue de lleno. 

Javier necesita una prueba material que confirme la historia de Manuel y la tierra no ayuda. Se ve gomosa, húmeda, absorbente. Esto es sábrego, ha dicho: arcilla degradada por la acción del agua. 

¿Sabes si Severino usaba crucifijo? 

No, no creo… —responde Lessi. 


*** 


Lo fusilaron en Monte Barreiro, junto a la cuneta del camino que va de Lugo a Portomarín: un paraje rural desolado, bosque, oscuridad, silencio, frío. Según se lee en la partida de defunción fue en las primeras horas del 29 de octubre de 1936; el mismo día que el Expediente Procesal consigna que fue puesto en libertad. 

La llamaban Morto do Paseo, una variante de la Ley de Fugas. A Severino lo pasearon junto a un guerrillero de la resistencia republicana. Tenía cuatro balazos en el cuerpo y el tiro de gracia en la frente. 

Falleció a consecuencia de hemorragia producida por proyectil de arma de fuego, según resulta del informe facultativo de la autopsia practicada. Consignándose que no se tiene conocimiento de que haya otorgado testamento. El Folio 26 del Registro Civil de Portomarín lleva la firma del juez, del secretario y de dos testigos. Todos Rodríguez de apellido. Así termina la historia oficial de Severino. Quién lo mató, por qué, no eran preguntas que un juez de la falange tuviera que responder. 

Uno estaba máis arriba e outro máis abaixo —dice Manuel Salgueiro—, anduvo unos douscentos metros pero no pudo máis. 

Manuel era un niño la noche que veló a Severino. Pero los recuerdos son frescos, como si la guerra no fuera algo del pasado. 

…para as feridas quería soltar seu cinto. 

Sabe que uno murió de inmediato y que el otro no quería morir. 

María lo escucha, está emocionada. Es la secretaria de Darío, la que buscó permisos y peleó con la burocracia. 

Mi abuelo apareció unos doscientos metros más abajo del lugar donde lo fusilaron. Manuel nos ha contado que lo vio tratando de soltarse el cinturón. Nosotros creemos que era por alguna de las heridas que llevaba, pero él trataba de escapar... El pueblo se movilizó, recogieron a los cadáveres, los cargaron en un carro y los trajeron hasta el cementerio, aquí en la iglesia, pero el párroco no los dejó entrar… 

Los vecinos cavaron una fosa improvisada en el terreno de la parroquia. A los pocos días la familia del guerrillero republicano desenterró el cuerpo y se marchó con él. 

Quedó Severino, muerto y solo. 




*** 


En 1994 Darío viajó a Lugo. Desde 1952 buscaba el lugar donde había sido enterrado su padre y ya no tenía esperanzas. La partida de defunción había arrojado un dato definitivo: el cadáver de Severino Rivas recibió sepultura en el cementerio de Portomarín. Una represa hidráulica construida en 1962 había dejado al cementerio municipal bajo las aguas. 

Gallego cabeza dura viajó hasta Portomarín, tal vez sólo para estar cerca. Caminó por la ciudad, compró regalos, habló con la gente. 

Bueno, la cuestión es que le dije que nací en Loentia, ayuntamiento de Castro do Rei., y la mujer se quedó un poco pensando y dando vueltas por el negocio. Al rato volvió y me dijo: “Mire, cuando yo era niña mataron a unas personas en Cortapezas, frente a la carretera. Y de uno de ellos decían que era muy importante, de la zona de Castro do Rei. Y yo los vi, fuimos con los chicos a curiosear. Era un señor muy elegante, estaba vestido con un gabán”. Andar con un gabán por aquellos años era medio difícil, y más si se trataba de un paisano de aldea. Era una prenda cara, poco usual, nadie lleva esa ropa en el campo. Es lo mismo que decir que en la aldea hay un tipo que usa guantes. Pero yo conocía la historia del gabán. Las cartas a mi hermana las escribía yo y por eso recordé que una vez escribí una que acompañaba al gabán que le envió a mi padre. La mujer termina de contarme la historia del fusilado y yo pensé: “Ese es mi padre”. Por las dudas le pregunté si estaba segura de lo que me contaba: “Sí, lo mataron con otro señor que decían que era el jefe de las tropas de asalto de Lugo, y los enterraron en la capilla”. Es mi papá, volví a pensar. 

Ese día Darío supo que la búsqueda continuaba. Diez años después dio con Manuel Salgueiro. 


*** 


Javier está preocupado. La excavación lleva dos horas y desde la fosa mira a Darío: 

Relájate, porque esto va a ir lento… 

Es extraño lo que aquí sucede, es como un parto al revés. Se siente la tensión de un padre que espera el nacimiento del hijo en el pasillo de la maternidad; pero es el hijo que espera junto a la fosa la aparición de los huesos del padre. 

Estoy bien… —contesta Darío en voz muy baja. 

…esta tierra es muy mala para excavar. 

Para Javier un crimen es siempre un crimen. Se define como científico y está aquí porque sintió —él lo dijo así— el llamado de gente que necesita la ayuda de un arqueólogo para cerrar una historia familiar. El Equipo Argentino de Antropología Forense es su espejo, quiere verse como ellos: natural, sin protagonismo, humilde. 

Divide al trabajo en tres etapas: la investigación histórica con la documentación que se pueda hallar y el relato de la familia; el trabajo de campo en el lugar de la exhumación; y luego el laboratorio. Ahí le ponemos nombre y apellido a los cuerpos y determinamos si la persona antes de morir también fue maltratada… 

¿Lo estás pasando muy mal, Darío? 

No, estoy bien, espero… 

Lessi deja su lugar a otro voluntario. Nunca imaginó que un día con las manos iba a rasgar la tierra de una fosa en busca de huesos. Se aleja caminando y se las mira. Al rato vuelve, más sereno: 

Cuando estás ahí abajo entiendes a Darío… 

Es de pocas palabras, como casi todos los gallegos. 

En estos días ha llorado lo que nunca lloró en su vida… 

Hay un sobresalto. 

Espera, espera…, para…, ahí se vio algo… 

Javier señala la tierra. Ingresa a la fosa y remueve con las manos. 

No, no es nada… 

Era un pedazo de plato. 

Joder, estamos todavía en tierra de relleno… 

Después encuentra un trozo de hierro. 

Cuando salgan los huesos los vas a ver y distinguir. Si es un hueso largo algo va a sobresalir, no se te escapa. 

¿Seguro? 

Sí, confío en que por ejemplo el cráneo, los huesos largos, el fémur y la tibia los encontraremos sin dificultad, pero son muchos años y esta tierra descompone todo… 




*** 


Cuando Darío confirmó que los huesos de su padre estaban enterrados en la capilla de Cortapezas, lo primero que se le ocurrió fue colocar una placa recordatoria. 

Me lo fui a ver al cura para pedirle permiso. Le pregunté si tenía el certificado de defunción. “Yo no tengo nada”, respondió. Entonces le conté que por testigos yo sabía que mi padre estaba enterrado atrás de la capilla, oculto, como NN. Le dije que quería poner una placa porque mi padre no tenía por qué estar enterrado clandestinamente. Me respondió que no se podía porque la capilla era del pueblo. Le dije que no tenía tiempo para pedirle permiso al pueblo. Y ahí me dice que debía pedirle permiso al obispado. Mire, está equivocado, contesté, si usted representa a la religión católica dígale al señor obispo que lo que corresponde no es otorgarme un permiso a mí, sino una condena a ustedes por ocultamiento de una víctima. El cura pegó un salto. Pero es verdad, si el obispo sabía que mi padre estaba enterrado como NN, sabía que lo asesinaron, que no intervino la Justicia…, bueno, cuanto menos hay entonces una complicidad. Pero claro, después de esta situación rompí relaciones con el cura y me fui. Me puse a buscar testigos. Cuando los consigo vuelvo y le informo que pienso exhumar a mi padre. Me contestó que lamentaba no poder estar presente porque ese día su hermana sería operada. No se preocupe, le dije, no voy a permitir que le den una misa en esta capilla, porque si a mi padre no lo recibieron muerto como correspondía, ahora es tarde, ya lo recibirán donde corresponda, y nunca más lo volví a ver. 


*** 


Pero joder, es que no está saliendo nada —dice Javier—, se supone que en esta profundidad tendría que aparecer la pelvis, el fémur. Tiremos por abajo a ver si encontramos algo… 

La excavación lleva seis horas y no hay resultados. El trabajo ahora es más delicado, no sirven ni las palas ni los picos. Rasgan la tierra con los dedos, primero la aflojan pasando la palma como si fuera un cepillo y después la vuelcan en el balde, la hacen gotear como si fuera agua. 

El estado de ánimo no es el de la mañana, del bullicio no ha quedado nada. Fue por eso que el nombre se escuchó con claridad. Alguien gritó: 

Darío… 

Se acerca a la fosa. Apareció algo, una voluntaria se lo alcanza a Javier. Es muy pequeño, oscuro, con tierra impregnada. Hay un presentimiento. 

Sí, sí, sí, esto es hueso. Esto es hueso, sí. 

Javier lo frota entre los dedos. 

Qué pena… —exclama—, está en muy mal estado, pero lo hemos encontrado. Está aquí… 

Javier y Darío se miran. No dicen nada. 

Javier baja a la fosa y marca el nivel con una pala de jardinero. 

De aquí para abajo —pregunta Lessi— ¿no hay nada más? 

Hay que ir bajando, bajando, con mucho cuidado. Pueden traerlo para arriba poco a poco con la pala de corte. ¿Vale? 

Vuelven a colocar el pedazo de hueso en la fosa, donde fue hallado. Sirve como referencia para ubicar el resto que sigue cubierto de tierra. Es largo y puede ser brazo o pierna. Cuando lo vea completo Javier sabrá cuál es la posición del cuerpo. Se levanta y anuncia: 

Ahora va a ir todo muy lento. El trabajo que resta es muy delicado, pero aquí está Severino… 


*** 




La muerte empezó en una hoja de papel común del tamaño de un anotador, con cuarenta y nueve palabras en catorce renglones y un membrete manuscrito que dice Falange Española: 

Ruego a V. se sirva admitir al paisano Severino Rivas el cual queda a disposición del Sr. Comandante Militar de ésta plaza, por el supuesto delito de traición a la patria y tenencia ilícita de arma de guerra. Viva V. muchos años… 

La nota, dirigida al Director de la Prisión de Lugo con letra prolija y paciente, fue escrita el 26 de julio de 1936 y firmada por un tal Andrés López, encargado de La Falange. 

Andrés López no era más que un vecino de Lugo, pero estaba del lado de los vencedores y en la guerra civil el enemigo es tu vecino, tu hermano, el padre de tu amigo. 

A mí los años me están un poco apagando, ya no tengo las ideas alocadas de otras épocas. 

—¿Qué ideas? 

Podría haber hecho una barbaridad en el año 52. Hubo quien me dijo así: “De uno sé, y si vos querés limpiarlo, lo limpiamos”. Uno de los que se lleva a mi padre fue un funebrero de la calle San Pedro, en Lugo, y el otro fue Andrés López, pero nunca quise saber más. No quise porque llegó un momento en que casi averiguo. Fue algo raro. Tengo un amigo que se llama igual y yo le hice un favor grande al padre de mi amigo, tanto es así que la familia me hizo muchos regalos. Con el tiempo sin embargo me di cuenta de que mi amigo evitaba concurrir a las actividades relacionadas con mi padre. Me empezó a entrar la duda en la cabeza, porque él es de Lugo y veía que no le gustaba lo que yo hacía, y lo seguí observando hasta que me di cuenta de que él y su familia eran todos franquistas. Al tiempo me llamó a Buenos Aires para darme una explicación, dijo que no acompañaba mi búsqueda porque tenía cáncer de próstata. Y yo lo dejé ahí, ya no me interesaba saber más… 


*** 


Esto puede ser un tiro… 

Javier analiza el último de los huesos que pudo rescatar. 

Por la forma es el cráneo y esto es un tiro... 

A las seis de la tarde poco queda por excavar. Un diente incisivo, parte de un húmero, de un fémur y del cráneo, nada más. Dice Javier: se lo ha comido la tierra. 

Llevo una hora dando vueltas en la cabeza para ver cómo se lo voy a explicar. En cierto modo me siento culpable, pero es que esto no da para más… 

Darío continúa sentado junto a la fosa. 

Javier toma valor y se acerca, se arrodilla a su lado y le habla al oído. Sólo ellos saben qué se dijeron. 

Aunque sea un solo hueso a mí me alcanza, el valor es que algo de su cuerpo pueda descansar en paz.




La misión estaba cumplida. En la puerta de la capilla esperaba un auto, un pequeño ataúd de madera clara y un ramo de flores rojas. La comitiva tomó por el camino comarcal en dirección a Lugo, el camino inverso que en 1936 Severino realizó secuestrado. 

La ceremonia en el cementerio de Castro do Rei fue en silencio. Darío dejó el ataúd en la bóveda familiar junto a su madre y colocó una lápida: Papá, descansa en paz, te lo pide tu niño mimado. No hubo discursos, sólo unos aplausos contenidos. 





*** 


Es un niño de nueve años que recuperó a su padre —ha dicho María—. Sería bueno también que pagara alguien por este asesinato, pero como yo lo vivo mucho desde el plano sentimental, para mí es más importante que el niño de nueve años recupere a su padre. 

¿Ve esa taza? Es mi capital —Darío señala una taza decorada con flores rojas. La casa en Argentina es un chalet con rejas verdes sobre una calle de tierra en Ituzaingó. En el living hay adornos de porcelana, vajillas, jarrones y siluetas de campesinas, un reloj de bronce y estantes llenos de libros. Darío lee mucho y escribe. La mesa larga se ve cubierta de papeles manuscritos y recortes de diarios y revistas—. En esa taza mi padre tomaba el café.

Tiene el recuerdo preciso del día que Severino llegó a la casa de Castro do Rei con el juego de tazas. Veinticuatro iguales y dos distintas, la más grande para él —la de las flores rojas— y otra más chica para Darío. 

Una vez le dije a mis hermanos: quiero mi herencia. ¿Qué querés?, preguntaron sorprendidos. Tal vez pensaron que hablaba de la casa o de las tierras, pero les dije: "La taza es para mí. Y me la traje, yo no quería otra cosa…









La casa de la segunda palmera




En los archivos de la municipalidad de San Vicente, provincia de Buenos Aires, Norberto Pedro Freyre era en los años setenta un vecino propietario de un terreno con vivienda sobre la calle Triunvirato. Eso no es verdad. Eduardo Pedro Freyre fue la identidad que eligió Rodolfo Walsh para ir tras la senda de las lagunas, buscando el agua que necesitaba tanto como el aire. Allí vivió con Lilia Ferreyra, su compañera. En esa casa escribió mucho. Una tarde estuve allí.






Fotos no —dice el pibe.

Detrás viene una mujer morocha de unos cincuenta años; es la madre, lleva un vestido verde de verano.

No puede sacar fotografías —repite ella.

Antes de negociar con gente negativa confirmo que se trata del sitio correcto.

Estoy parado en la vereda de Triunvirato 900, San Vicente.

—¿Acá vivió Rodolfo Walsh?

Si —dice ella y el pibe se va para adentro.

—¿Hace mucho que usted vive acá?

Se olvida de la prohibición de tomar fotografías.

La casa era de mi madre —informa.




No dice que la madre de ésta mujer ocupó esa casa en 1977 después de que fuera reventada por un grupo de tareas de la Marina; ni dice tampoco que los reventadores se llevaron de allí los papeles de Walsh —cuentos sin terminar, apuntes, borradores, el proyecto de una novela. Omite que su hermano es miembro de la Policía bonaerense.

Le sigo el juego y no pregunto nada porque ahora la que quiere hablar es ella:

Leí en el diario que acá quieren hacer un museo, pero a mí nadie me vino a ofrecer nada…

Cuenta que la casa tiene cocina, baño, comedor y una habitación muy chiquita.

De Walsh dice que leyó algunas cosas, pero no le interesan sus escritos. También dice que no es de esas que andan revolviendo el pasado. Le creo. 





Y porque le creo, no le cuento que iluminado por un sol de noche en ese ranchito Rodolfo Walsh escribió la Carta Abierta de un escritor a la junta militar; tampoco le informo que la llamaba la casa de la segunda palmera.

Al fin baja la guardia y no sé con qué autoridad me permite hacer unas fotografías. Camina lento hacia a la casa y me quedo solo en la vereda.

La tierra me atrae; el polvo reseco de la calle, el sendero que cruza el terreno y se pierde en la arboleda. Tal vez ingenuamente creo que por allí andan sus huellas.





Bonus: Aquí tomaba el tren












Alicia

Una mujer maravilla

Alicia es la paraguaya que a los 19 años llegó engañada, el resto lo pueden imaginar; el viernes escapó de un marido golpeador. En las fotografías, ella y sus hijos.



















Un día en la vida de los incendiados de La Boca

Bajo fuego enemigo

Esta crónica fue publicada en Socompa al mes del incendio en Zanchetti, una fábrica abandonada de La Boca donde murieron cuatro personas. Muchas de las cincuenta y siete familias que la habitaban aun permanecen acampadas en la calle a la espera de que la Justicia levante una clausura que huele a oportunidad de negocios. Quiénes son los incendiados, cuál es la historia de esa gente que la industria de medios y el Estado barre bajo la alfombra.






Daniel está sentado delante de la carpa donde pasa la noche de espaldas a una fábrica abandonada que hasta ayer fue su casa. Mira de reojo los naipes que cubre con unos dedos renegridos. Levanta la vista y canta. La mesa en la que golpea el puño para decir quiero es una puerta de madera astillada que rescató de la calle.



Daniel sonríe.

René es el hermano que anota los porotos y Romina la hija que revuelve el arroz frío servido en una bandeja plástica. Eso es lo que a Daniel le queda de la familia. En un soplo de fuego se quedó sin Nelly, la esposa; sin Daniela, la hija; sin la nieta de quince meses, Zoe; y sin Jesús, el yerno.

Lo miro otra vez y veo lo mismo.

La sonrisa de Daniel es franca. Le achina los ojos y a cada lado marca las arrugas como un delta que desemboca en la sien. Del pelo negro y duro sale un mechón blanco que cae sobre la frente.

Él siempre lo había dicho. Lo primero es la vida. “Si pasa algo olvídense de todo y escapen”, fueron las palabras de Daniel.

¿Qué pasó entonces? Pasó que el fuego los agarró durmiendo.

A Nelly, Daniela, Zoe y Jesús los encontraron muertos y abrazados junto a un ventiluz con rejas del primer piso.

Y Daniel sonríe, juega al truco y sonríe. ¿Cómo es eso posible?








***

A las cuatro de la madrugada Roko bocetaba ideas para los tatuajes de los clientes: un corazón eternizaba el amor a Pablo; otro corazón envolvía la A de anarquía y un trapo en llamas flameaba en el pico de una molotov.

Escuchó gritos:

“Van a ver, ortivas, los voy a matar…”

“No pasa nada”, pensó Roko.

Así es la noche en Zanchetti, la fábrica de ropa de trabajo abandonada en los noventa que en el Siglo XXI se convirtió en casa de cincuenta y siete familias.

A las seis Roko se acostó.

Estaba medio dormido, bueno, como se duerme acá. Con un ojo abierto y el otro cerrado y fue todo muy rápido…

Otra vez escuchó gritos, pero no eran de furia sino desesperados:

“Fuego, vecinos, fuego.”

Se tiró de la cama y buscó la linterna y con la cara cubierta por un pañuelo húmedo salió al pasillo cubierto de humo. Caminó ciego.

De pronto lo vi. El fuego salía justo al lado de donde vivían el Yhoni y la Romi.

Buscó baldes y desde el patio interior tiró agua por un ventiluz del primer piso.

A la media hora o tal vez a los cuarenta y cinco minutos llegó una autobomba. La cisterna no tenía presión de agua. En la vereda los bomberos no encontraban las bocas de incendio. Los vecinos, en ropa de dormir, miraban desde la calle.

Roko tomaba lista.

“Falta gente ―repetía―. Acá falta gente.”

Faltaban Nelly, Daniela, Zoe y Jesús.

Los bomberos decían que se habían ido de vacaciones. Cuando volví de la comisaría me enteré de que los cuatro habían muerto.

“Eran vecinos de la vida”, dijo Roko. Buena gente, muy trabajadora.

Por el ventiluz de la pieza de ellos era por donde yo tiraba agua sin saber que estaban allí dentro. Me lloré la vida…

Al rato llegaron las camionetas amarillas del programa Buenos Aires Presente.

El personal del gobierno de la Ciudad esa mañana no llevó alimentos, ni medicinas, ni abrigo. Ninguno de ellos era capaz de dar contención a quien había perdido la casa.

Caminaron hacia la gente con formularios en la mano y los abordaron de a uno, individualmente. Y a cada uno le indicaron dónde firmar. “Acá”, dijeron con el dedo sobre la línea de puntos.

Con su firma, si la hubieran hecho, aceptaban el desalojo.

Los vecinos me preguntaban qué hacer a mí.

Y Roko entró a la fábrica y caminó hasta la pieza y agarró la carpa y la armó en la calle.

“Yo me quedo”, dijo y se quedó.








***

En la esquina de Pedro de Mendoza y Brin, a media cuadra de la fábrica incendiada, hay un paredón alto y grafiteado con portón de acero. Del otro lado la cumbia suena potente.

¿Cómo andás, ñeri? ―grita Romi al verme llegar.

En lo que fue tierra árida Yhoni construye una plaza para que jueguen los chicos.

Romi y Yhoni son pareja. Se conocieron en Zanchetti y allí vivieron la mitad de la vida. Iara y Aarón son sus hijos. Hace tres años se mudaron a un departamento propio construido por ellos.

El día que los conocí eran okupas. Vivían en una pieza armada con objetos rescatados de la calle. Todo precario. Les pregunté qué esperaban de la vida y la respuesta de Yhoni no parecía encajar en lo que se supone es prioritario para vivir:

Una ventana ―dijo él.

Desde ese momento quise saber quiénes eran ellos. Cómo habían llegado a Zanchetti y dónde hallaron la fuerza para salir de ese pozo. Ahora son mis amigos y lo digo de entrada porque siento su amistad con orgullo.

Yhoni busca un pedazo de hierro para sostener el cerco de la plaza que armó con pallets rescatados de un frigorífico. Cortó la madera en tablas de medio metro y las pintó de lila, amarillo, crema y celeste. El tobogán, la hamaca y el pasto fueron comprados.

Iara y Aarón nacieron en la oscuridad. Ahora se tiran sobre la lona que cubre el pasto recién plantado y hacen caritas para la foto. El sol los baña.

Algún día Yhoni será enfermero. Estudia para eso y trabaja de mozo en un bar de Caminito. Conoció Zanchetti a fines de los noventa por el faso.

En esa época si te veían fumando en la calle te señalaban con el dedo, era otra cosa. Entonces tenías que esconderte y nosotros nos encanutábamos allí.

Tenía quince años.

Cuando entró por primera vez vio una fábrica; con las máquinas impecables, con los rollos de hilo que colgaban del techo, con las guillotinas que cortaban los bultos de tela. La cadena de producción intacta: hilo, tela, prenda terminada. Ropa de trabajo, uniformes para las fuerzas de seguridad. La industria argentina le compraba a la industria argentina. El Estado Nacional consumía productos nacionales. Otro mundo.

En Zanchetti encontró tres uruguayos y los evoca como nombres de una leyenda:

Allí conocí al Araña, marido de la Lidia. El finado Araña. También conocí al viejo Conde y a Montiel…

Araña tocaba los tambores y fue el primero en hacer de la fábrica abandonada una casa.

Le contamos que cruzábamos de la Isla y veníamos de faso nomas. Le gustó el lugar y se puso a limpiarlo. Después trajo a la familia.

Al tiempo cayó una negra uruguaya que bailaba en Canal 2 y en el patio de Zanchetti ensayaba coreografías con las compañeras. Los uruguayos pelaban los tambores y les tocaban candombe.

¿Sabés cómo estábamos nosotros? Así, con la boca abierta hechos unos señoritos franceses de camisa y bermudita mirando a esas minas impresionantes. Después las veíamos por televisión.
Un día llegaron los tranzas.

Nos piden permiso y entran. Se ponen a charlar de boludeces y al final nos regalan una bolsa de base. Nosotros éramos re pibitos, no conocíamos nada.

La bolsa, en plata de hoy, no bajaba de los trescientos pesos. Todos los días una bolsa de regalo durante meses. “El primero te lo regalo…

Nosotros decíamos: “Ya está…, si no pasa nada.”

Rodó el dato de que en Zanchetti había base y empezó a caer gente fina y poderosa. Jueces, abogados, personal de las fuerzas de seguridad.

A uno del Servicio Penitenciario lo dejamos desmayado y en calzoncillos en la puerta de los bomberos. Nosotros encapuchados. Golpeamos y dijimos: “Este penitenciario fue a buscar base a Zanchetti”. Al rato paró un patrullero con el megáfono. “Por favor, lo único que quiere es la ropa para irse a la casa”. “Que la venga a buscar”, contestamos. Se la prendimos fuego y quedó ardiendo en medio de la calle…








***



La hilera de carpas ocupa la cuadra de Pedro de Mendoza desde Necochea hasta Brin. Apoyan sobre pallets y las cubren lonas donadas por vecinos y organizaciones del barrio.

La carpa de Daniel es la primera. En un tacho oxidado prepara el fuego y con un hierro acomoda las brazas como si quisiera encauzar el movimiento de las llamas.

“Trato de achicar las horas”, dice Daniel.

Lleva un mes en la calle y no sabe qué hacer con el tiempo.

Lo que a mí me pone mal es cuando veo alguna foto….

Por su cabeza deben cruzar preguntas imposibles.

El día del incendio se fue a trabajar a las cuatro y media de la mañana y por eso está vivo. ¿Qué podría haber sucedido si ese día tenía franco? ¿Hubiera muerto él también? ¿Habría escuchado los gritos de alerta y salvado a su familia?

Se cruzó con la suerte o lo arrastró la desgracia. O ambas.

Daniel fija la mirada perdida en las brasas rojas del fondo del tacho y no quiero imaginar qué estará pensando.








***

Apoyado en el caballete de la tabla que Roko usa como mesa veo un caño de aluminio de dos metros de largo doblado en ese. Al medio tiene una envoltura de cinta roja y alambre y en los extremos un trapo desflecado.

―¿Qué es eso? ―pregunto.

Roko levanta el caño en el aire de un manotazo y semblantea. Lo mantiene en equilibrio y calcula el peso.

No sirve, es muy liviano ―dice después―. Ahora vas a ver lo que es bueno.

Roko es malabarista.

El caño doblado es un prototipo de clava que dejó un amigo para que lo pruebe.

Se mete en la carpa y sale con dos fierros plateados con un extremo pintado de negro.

En estas clavas ―apoya los fierros a la altura del corazón― se va mi vida…

A las clavas las llama juguetes.

Abre las piernas como un arquero que espera el penal y con las clavas señala un punto en el asfalto. Las pasa entre las piernas, sobrevuelan la cabeza, gira la mano con la elasticidad de un resorte. Camina de costado y las agita como un director de orquesta desenfrenado. Esquiva pallets y cajones de verdura y al perro que duerme sobre un puf. Se va, vuelve. Agarra las clavas con la mano derecha y lleva la izquierda a la espalda e inclina la cabeza. Se queda en suspensión un instante y al toque sonríe a un público de acampados sin techo.

Tenés que verme de noche en el semáforo con las clavas en llamas…

A los nueve años vio un ensayo de la murga Los navegantes del sur. Dos chicas que recuerda medio hipponas hacían los malabares.

Encendieron el fuego. Chick, track y así quedé shockeado para toda la vida.

La carpa y las clavas fue lo primero que rescató de su pieza el día del incendio. Son su fuente de trabajo junto con la artesanía, los tatuajes, la repostería y la costura.

Si me quedo sin plata voy al semáforo y hago una moneda. Es como mi documento, como el celular. Donde voy las llevo. Las clavas soy yo, las tengo incorporadas a mí ser.

Los mejores semáforos están en las salidas de Puerto Madero: Garay y Paseo Colón y Córdoba y Alem.

Durante el minuto treinta de show puede ocurrir cualquiera. Que lo ignoren, lo puteen, le tiren una moneda o lo contraten para una fiesta privada.

Uno asoma por la ventanilla y me dice que me quiere contratar. Le paso el número y arreglo. Listo. Los taxistas también me dan monedas, y eso que ellos son laburantes como yo. Alguno me grita: “Bien ahí el fuego”, y capaz me da un billete. A veces me emociona tanto lo que me dice la gente que hasta me olvido de pasar la visera.

―¿Cómo aprendiste?

Mirando.

―¿A quién?

A la gente en la calle.

―¿Cómo te abstraes del mundo en una esquina?

Sólo pienso en el fuego. Lo escucho y lo siento. El tránsito, las bocinas, todo eso desaparece. El fuego es todo. Podes manipularlo, aunque ahora sé que a veces se va de las manos. Lo viví acá el día del incendio. No lo pude manipular y eso me generó mucha impotencia, demasiada. Era otro fuego…







***

El edificio de Zanchetti se encuentra judicialmente clausurado por “riesgo de derrumbe”. El dictamen pertenece a una arquitecta del gobierno de la Ciudad elaborado sin pericias desde el pasillo de entrada.

El incendio no afectó al edificio, sino a un sector reducido y de fácil identificación: la pieza de Daniel. El resto se encuentra en las mismas condiciones en las que vivían las cincuenta y siete familias un minuto antes del fuego.

La clausura es lo que impide a la gente volver a su casa.

En Zanchetti vivían separados por maderas y cartones. En la calle sienten que habitan la misma pieza. Comparten desayuno, almuerzo, frío, bronca.

“Del ‘hola y chau’ y pasamos a conocernos de toda la vida.”

Milena prepara un guiso carrero. En una olla inmensa de las que se usan en los piquetes vuelca donaciones de vecinos: zapallo, zapallito, zanahoria, tomate, pollo y arroz. Hasta la olla es una donación.

Lleva veintiséis años en Zanchetti. Llegó del Barrio Chino donde otro incendio la dejó en la calle. Es una mujer grandota y robusta que usa el cucharón como atributo de poder; como otros portan el sable corvo para dormir la siesta ella lo usa para repartir en partes iguales lo que hay en la olla.

¿Le echo más arroz? ―pregunta el vecino.

Milena ignora cuántos kilos de comida prepara, pero sabe que de ese guiso comerán todos. Mete el cucharón en la olla y calcula. Lo ve demasiado líquido.

Echá nomas.

El acampe es un trabajo. Hay que buscar los pallets para el fuego a un frigorífico que los junta para ellos: cuatro carros al día; hay que procurar verdura para comer algo fresco, agua, cubiertos descartables, gestiones con los jueces, protegerse de la prensa y esperar que se desocupe el único baño químico donado por un sindicato.

La Mole es un perro inmenso que duerme todo el día. En La Boca cada conventillo tiene su banda de perros y así se los identifica: la banda de la Elena, la banda del Pescadito.

Hago una foto de La Mole y se la muestro al dueño:

Ahora sáquele una a la doctora, a la doctora.

―¿Doctora en medicina o en leyes?

En administración de empresas, mirá que belleza.

La doctora ríe. La madre apunta:

Sacále para que no digan que acá viven delincuentes y toda esa vaina…

Bajo el puente estacionan los móviles de Buenos Aires Presente. Las dos funcionarias que se ven en el interior aprovechan el solcito de la tarde para la siesta. Reparten botellas chicas de agua y una vianda: tres días al hilo de polenta y cuatro de arroz y polenta otra vez. El día de más frío había una camioneta llena de frazadas. Faltó una firma y no repartieron ninguna. Funcionarios sin autoridad siquiera para entregar una frazada.

Los empleados del gobierno de la Ciudad nos piden cosas a nosotros. Termo, equipo de mate, agua. Yo les doy, pero les tiro una ironía: “Tomá, la que entregaste vos…”

La policía llegó con la lluvia. Bajaron del colectivo y armaron una barricada y allí quedaron.

La consigna policial debería estar custodiando la zona que se incendió y no impidiendo el ingreso al resto del edificio que no sufrió daños, pero la verdad es que esperan que nos cansemos y nos vayamos.







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En Zanchetti lo que más se valora es el respeto.

Para sobrevivir en un lugar donde las reglas no están escritas hay que ser respetado.

Lo sé porque me lo dijo Yhoni.

Roko se aguantó muchas cosas y yo me sumo y te lo digo así, Dani, no llegamos a lastimarlo porque nos dimos cuenta de que él era verdadero. Él decidió ser como es desde chico, y para ser quien es viviendo en un lugar como Zanchetti tuvo que tener mucho huevo.

Al principio Yhoni ni lo saludaba. “¿Y este quién es?, se preguntaba cuando lo veía salir por el pasillo con los pelos de colores, maquillado y con pollera, con argollas bien de mujer en las orejas, con apenas quince años.

En un mundo re loco donde le pudo haber pasado cualquier cosa él se respetó a sí mismo. Esa es la verdad de Roko y por eso es mi amigo.








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Roko la conoció jugando a la escondida cuando Romi se vestía como un pibe.

“Eh, amigo, ¿cómo te llamás?”, preguntó Roko. “¿Qué te pasa?, amiga soy”, contestó ella.

Romi había armado un personaje en defensa propia.

Lo hacía para sobrevivir. En la calle hay mucha gente pito duro, mucha maldad, mucho pervertido.

Después llegaron los tranzas y Romi cayó en la trampa. Con Yhoni preso dormía sola en el patio y comía lo que Roko le pasaba.

―¿Cómo era Yhoni cuando lo conociste?

Pibe de barrio, el típico cumbiero de jogging, camiseta de futbol y alta llanta. Siempre igual, pero con flequillo y raya al medio tipo librito en la cabeza.

Roko es el padrino de Iara y Aarón.

El día del incendio cuando me vieron en la calle vinieron corriendo a abrazarme. Son maravillosos…
“Romi y Yhoni son mis compadres”, dijo Roko, y eso para el diccionario de la Real Academia significa protector.







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En Rosario de Lema, provincia de Salta, Daniel trabajaba como peón de los tabacales.
“De joven me tuve que venir por la necesidad.”
El trabajo en esos campos es temporario. Seis meses con una cosecha récord; lo habitual es cuatro y lo que se gana hay que dividirlo por doce.
De los almácigos se encargan los patrones y sólo contratan gente cuando se trasplanta a un potrero. Es fácil de sembrar, se cría muy rápido. Y así como se cría también se elabora muy rápido.
Nobleza y Massalín compran el tabaco seco, lo someten a una química inmunda y con ello arman un producto que envuelto en papel de alta combustión llaman cigarrillo.
Daniel no fuma.
Le muestro la bolsa de tabaco, filtros, papel y maquinita de armar.
Queda fascinado.
Mientras armo un cigarrillo Romina observa con interés de fumadora.
Se lo entrego y no lo enciende. Queda en la mesa y sonríe. René también sonríe. Lo miran a Daniel y ninguno dice nada.
Cuando la vea con un cigarrillo ―dice Daniel―, ya voy a saber por quién fue…
Romina nunca había fumado delante del padre, eso es lo que pasa.
―¿Cuánto gana un peón de tabaco?
Y no lo sé, cuando voy para allá y estoy con un amigo nunca pregunto cuánto cobra. Pero sé que si ganó mil pesos, un suponer, lo tiene que estirar.
Estirar lo cobrado significa prohibirse todo aquello que no sea alimento.
Con lo que se gana no te podes dar los gustos. No es como acá que muchos van al cine, al teatro, al baile, allá todo eso está prohibido. Por ahí, cada tanto, te das el gustito de compartir un asado el domingo. Con la familia, obviamente.
Recuerda el pago rodeado de cerros, con ríos de deshielo, con un pedazo de tierra para la huerta y las gallinas; con una casa hecha a pulmón y con luz de mecherito.
Cuando estaba en el campo vivía en el conventillo de los patrones. Eran piecitas de tres por tres pegada una al lado de la otra.
Nelly también era salteña. Fue ella la que descubrió Zanchetti.
Nosotros compramos la piecita, imagínese los años que pasaron que pagamos ciento cincuenta pesos.
Daniel quiere volver a la piecita. A levantarse temprano, al trabajo.
Tengo que empezar de vuelta. Sé que va a ser difícil, pero lo tengo que hacer. Yo quiero volver a mi vida de antes, lástima que cuando vuelva no voy a tener a mi gente…





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Sucedió cuando Iara cumplió un año. Esa noche Yhoni no durmió.
“Estaba pasado de adrenalina.”
Iara escucha a su padre desde la hamaca. “Mi umpleaño”, repite.
Al departamento que Yhoni y Romi habían construido junto a la cooperativa de viviendas de la organización Los Pibes, le faltaban los detalles para quedar terminado ―pintura, conexiones de luz―, y no tenía un solo mueble.
“Mañana es el cumpleaños de mi hija. Qué hago, ¿me voy o me quedo?”
La cabeza de Yhoni era un hervidero por donde pasaban las peores pesadillas: que el departamento se incendiaba, que se lo tomaban, que nunca podría mudarse.
Como un autómata empezó a juntar objetos al azar. Platos, cubiertos, ropa, artefactos.
Eran las seis de la mañana y yo no caía. Salí, desperté un par de vecinos y les dije: “Compro la gaseosa y el fasito, ayúdenme”. Cuando empezamos era de noche. Y lo hicimos.
Yhoni lo hizo.
Con la mudanza cambié mi vida. Pero no es que la mudanza me cambió la vida, porque uno puede vivir en cualquier lado, la decisión de cómo uno quiere vivir es el cambio. Desde que vine acá no hice nada. Colgué los guantes en todos los sentidos. Decidí cambiar. Tenía que cambiar por mi familia y por mí. Estaba obligado. Pensaba en Romi. Me pasaba algo a mí y la dejaba sola. Cuando dejé de fumar esa gilada de la pasta base y salí de estar en cana me di cuenta de que los amigos que quedamos vivos nos contamos con los dedos. Amigos que han dejado hijos sin padre. Yo no tuve padre y sé lo que es eso. Entonces dije que antes de dejar al Aarón y a la Iara sin papá, tenía que cambiar





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Para el Estado no acampan delante de su casa sino en la continuación de Puerto Madero, el barrio más coolde Buenos Aires. Al menos esa es la caracterización que Diego Santilli, vice jefe de Gobierno de la ciudad, hizo de La Boca durante la reunión que en mayo pasado mantuvo en el Club Bohemios con vecinos del barrio.

En Puerto Madero no hay lugar para los pobres. Por lo tanto: o La Boca no es Puerto Madero o para convertirla en Puerto Madero de La Boca sacarán a los pobres.

Eso que parece absurdo, sucede ahora.

El plan del gobierno de la Ciudad para un barrio con cuatrocientos conventillos, un promedio de dos familias desalojadas cada veinticuatro horas y un índice oficial de doscientos incendios al año, cuanto menos se ve desenfocado.

Con solo caminar por el barrio, particularmente en las zonas de la Vuelta de Rocha, Caminito y el llamado Paseo de la Ribera, se percibe que la inversión del Estado en el barrio es estética. A saber: renovación de veredas; iluminación en la vía pública; intervención de fachadas con atractivo turístico; ensanche de vereda en el corredor gastronómico que conduce a la Bombonera; forestación (diez jacarandás, veinticuatro ciruelos, diez fresnos); metrobus; y bicisenda, mucha bicisenda.

La información oficial fundamenta las obras en “la intención de regenerar el barrio y volverlo ‘caminable’ entre los iconos de la zona como la cancha de Boca, Caminito, la Usina del Arte, PROA, el Teatro de la Ribera y el Transbordador.”

Queen Caminito es un proyecto inmobiliario a entregar en seis meses ubicado entre la Bombonera y Caminito. La cochera cuesta veinte mil dólares. El metro cuadrado de la suite se charla personalmente. El marketing parece hackeado del correo de prensa de la Ciudad: “¿Soñaste alguna vez caminar sólo doscientos metros desde tu suite hasta la Bombonera? ¿O recorrer una muestra de arte contemporáneo en Fundación PROA? ¿O escuchar un concierto en la Usina del Arte?”

Martina Noailles es editora de Sur Capitalino, un periódico que refleja la tendencia incendiaria del barrio. Entrevistada por el portal La Retaguardia señaló que “los lugares que se incendian están en el corredor que quiere convertir a La Boca en la continuidad de Puerto Madero. Los últimos incendios fueron en cinco cuadras alrededor de la Usina del Arte y Pedro de Mendoza.”

El negocio se llama gentrificación, “proceso mediante el cual la población original de un barrio, generalmente céntrico y popular, es progresivamente desplazada por otra de un nivel adquisitivo mayor.”

La gentrificación es un fenómeno mundial, pero en la ciudad de Buenos Aires halló en el fuego un aliado a cargo del trabajo sucio. Esa es la novedad.

En la zona más turística de la ciudad, donde buena parte de las viviendas fueron construidas con materiales altamente sensibles al fuego y donde el Estado se desentiende de sus víctimas, diría un bróker que para ver el negocio no hay que subirse al andamio.








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El incendio en Zanchetti tuvo un detonante: la pasta base metida en el cuerpo de Nancy y Miguel, una pareja veinteañera con la marca de la marginalidad de nacimiento. Pelearon por el último flashazo hasta que Miguel cumplió la amenaza y encendió el colchón.

Dos semanas antes del incendio Roko y otros vecinos se reunieron con el comisario de la 24° y se lo dijeron claramente así:

No queremos tranzas. Le dijimos quiénes son y dónde venden. Se quemó nuestra casa y la policía todavía no hizo nada. Capaz que vas en cana por un porro y a los tranzas de la base nunca los tocan.

Daniel lo conoce a Miguel desde hace años. De Nancy sabe que tiene dos hijos.

El pibe puede ser una persona drogadicta pero no es un pibe malo.

Les prestaba plata y a veces cocinaba para ellos.

Me daba pena que las criaturas pasaran hambre. No te digo que les hice un asado, pero compartimos nuestra comida.

A Nelly le pedían cigarrillos y ella siempre les daba.

Daniel habla en voz muy baja y sin la furia del hombre arrastrado por la tragedia. Pasa el mate y canta su juego como si su vida fuera otra.

Qué gano si hago justicia por mano propia.

Mientras habla mantiene la sonrisa. Sereno; ajeno a toda noción de venganza, incapaz del odio.

Qué gano yo si los llevan a la cárcel, que su familia sufra porque están presos. Y no, yo no quiero eso…

René, Romina, la familia amputada lo escucha y asiente.

Piensan en el sufrimiento del otro y las víctimas son ellos. ¿Habrán tomado consciencia real de la pérdida?

―¿Quién era Betty, Daniel?

Era mi mamá, una mujer luchadora…

Romina no da tiempo a contestar, pero se arrepiente y calla. Todos callan, como si ya hubieran dicho todo.

Y no, ahora Romina busca la aprobación en la mirada del padre y explica:

Nosotros sentimos que van a volver y que van a decir “Acá estamos”. Tenemos en la cabeza que se fueron de viaje. ¿Sabe por qué? Porque nosotros no nos podemos caer, porque si cae uno caemos todos.

No sonríen. Se prohibieron llorar. Cada uno resiste como puede.